Decoracion: Casa - Atelier en la Cumbre
Lo que fue la residencia de Manuel Mujica Lainez hoy alberga al artista plástico Leo Menna. Un espacio donde fluye la inspiración.

La fachada, anteriormente de un color amarillo pálido, fue cambiada por un verde seco inspirado en un ágave inmenso junto a la entrada
Una nuez, una bisagra tirada en la vereda, un huevo de codorniz, trocitos de madera dejados de lado por un carpintero, una estampita entre las páginas de un libro: objetos aparentemente inconexos a los que la sabidurÃa de Carlos MartÃn les dibuja un destino común, un vÃnculo que da un resultado pleno de sentido.

En Cruz Grande, la casa-atelier de Carlos MartÃn es, como todo paraÃso que se precie, un lugar fuera del tiempo donde la constante es la creación.
MartÃn nos recibe en su casa, su mundo alejado del mundo, rodeado de una serranÃa que se levanta junto al camino, en el corazón de Cruz Grande, a unos pocos kilómetros de La Cumbre. Aquà eligió vivir hace 14 años, tras pasar sus primeros tiempos en El ParaÃso, la célebre residencia de Manuel Mujica Lainez. Después de una larga búsqueda, llegó Mburucuyá, la casa donde hoy vive y trabaja junto con el artista Leo Menna.

Rosales, enredaderas y fuentes, y nutriendo de vida con rincones donde sentarse a disfrutar del paisaje que regalan las sierras

Él la llama su "casa-atelier", porque además de estar poblada de obras de artistas de la zona, muchos de ellos amigos, aquà está la mayor parte de su trabajo, maravillosamente expuesto, y también su taller, en donde últimamente se dedicó a preparar las obras que se podrán ver a partir del 4 de febrero en la galerÃa de arte Grillo, de Punta del Este.
Construido en los años 20, el lugar fue originalmente propiedad de un médico inglés que llegó con el ferrocarril. Años más tarde, la compró una orden francesa de hermanas para hacer de ella una casa de retiros espirituales: construyeron una capilla en el interior y la reformaron para adaptarla a la vida de claustro. Cuando la orden tuvo que abandonar la zona, Carlos vio en ese pequeño convento su morada ideal.

Originalmente, donde hoy está el living, las hermanas de la congregación tenÃan ubicada su capilla, su lugar de oración, explica Carlos MartÃn.
La idea de Carlos era mantener el estilo, pero sumándoles a los espacios más luminosidad y calidez. La capilla se convirtió en un gran living y los varios claustros concatenados se transformaron en dos amplias habitaciones.
Durante sesenta años, la casa donde hoy vive y sueña Carlos MartÃn perteneció a la orden de hermanas Nuestra Señora de la Compasión y fue bautizada por ellas "Mburucuyá", nombre con el que también se conoce a la pasionaria. Si bien hoy no está presente en el jardÃn, esa enredadera silvestre, que da una bellÃsima flor azulada, fue el sÃmbolo que representaba la devoción religiosa de la orden.
www.espacioliving.com
La fachada, anteriormente de un color amarillo pálido, fue cambiada por un verde seco inspirado en un ágave inmenso junto a la entrada
Una nuez, una bisagra tirada en la vereda, un huevo de codorniz, trocitos de madera dejados de lado por un carpintero, una estampita entre las páginas de un libro: objetos aparentemente inconexos a los que la sabidurÃa de Carlos MartÃn les dibuja un destino común, un vÃnculo que da un resultado pleno de sentido.
En Cruz Grande, la casa-atelier de Carlos MartÃn es, como todo paraÃso que se precie, un lugar fuera del tiempo donde la constante es la creación.
MartÃn nos recibe en su casa, su mundo alejado del mundo, rodeado de una serranÃa que se levanta junto al camino, en el corazón de Cruz Grande, a unos pocos kilómetros de La Cumbre. Aquà eligió vivir hace 14 años, tras pasar sus primeros tiempos en El ParaÃso, la célebre residencia de Manuel Mujica Lainez. Después de una larga búsqueda, llegó Mburucuyá, la casa donde hoy vive y trabaja junto con el artista Leo Menna.
Rosales, enredaderas y fuentes, y nutriendo de vida con rincones donde sentarse a disfrutar del paisaje que regalan las sierras
Él la llama su "casa-atelier", porque además de estar poblada de obras de artistas de la zona, muchos de ellos amigos, aquà está la mayor parte de su trabajo, maravillosamente expuesto, y también su taller, en donde últimamente se dedicó a preparar las obras que se podrán ver a partir del 4 de febrero en la galerÃa de arte Grillo, de Punta del Este.
Construido en los años 20, el lugar fue originalmente propiedad de un médico inglés que llegó con el ferrocarril. Años más tarde, la compró una orden francesa de hermanas para hacer de ella una casa de retiros espirituales: construyeron una capilla en el interior y la reformaron para adaptarla a la vida de claustro. Cuando la orden tuvo que abandonar la zona, Carlos vio en ese pequeño convento su morada ideal.
Originalmente, donde hoy está el living, las hermanas de la congregación tenÃan ubicada su capilla, su lugar de oración, explica Carlos MartÃn.
La idea de Carlos era mantener el estilo, pero sumándoles a los espacios más luminosidad y calidez. La capilla se convirtió en un gran living y los varios claustros concatenados se transformaron en dos amplias habitaciones.
Todo lo sobrante se recicló: las puertas pasaron a ser ventanas o postigos, las sillas abandonadas se restauraron, una antigua bañadera hoy es fuente y el viejo garaje, en el fondo del parque, es su lugar de trabajo, que tiene más alma de carpinterÃa que de atelier.
Cuando le preguntamos cómo definirÃa su obra, lo hace con una frase de William Blake: "Si se abrieran las puertas de la percepción, todo se verÃa tal como es: infinito".
Durante sesenta años, la casa donde hoy vive y sueña Carlos MartÃn perteneció a la orden de hermanas Nuestra Señora de la Compasión y fue bautizada por ellas "Mburucuyá", nombre con el que también se conoce a la pasionaria. Si bien hoy no está presente en el jardÃn, esa enredadera silvestre, que da una bellÃsima flor azulada, fue el sÃmbolo que representaba la devoción religiosa de la orden.
La congregación utilizaba esta propiedad como lugar de retiro en verano, y el resto del año, para alojar a enfermos, ya que se decÃa que en este rincón de las sierras se curaban con su aire fresco y clima prodigioso. Fueron ellas quienes le vendieron la propiedad a Carlos MartÃn, que se enamoró de ella apenas la conoció.
Justo antes de cerrar la operación, apareció otro comprador ofreciendo más dinero, pero la madre superiora no accedió: habÃa dado su palabra al artista y vio en él una persona que iba a amar la casa tanto como ellas. Y asà fue como Carlos MartÃn, que ya vivÃa en La Cumbre, encontró su paraÃso y diariamente honra la historia de esta casa con su arte.
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